Rehabilitación de un edificio de 1920 en el centro del pueblo. Las cubiertas a dos aguas y los terrazos recuperados marcan el ritmo; el patio interior, la pausa.
Ver proyectoArquitectura
Habitar es dejar huella
en el lugar.
«La luz, la piedra y la sombra dictan el ritmo de cada estancia.»
No proyectamos espacios. Proyectamos formas de habitarlos.
Cada encargo empieza escuchando el lugar y a quien lo va a vivir. De ahí nace todo lo demás.
Trabajamos con un cuidado obsesivo por el detalle: la junta de un suelo, el grosor de una jamba, la temperatura de la luz a las siete de la tarde. Lo invisible es lo que sostiene una casa hermosa.
Acompañamos al cliente desde el primer boceto hasta el último remate. Pocos proyectos al año, mucha presencia. Pensamos que la arquitectura merece ese tiempo.
Rehabilitación de un edificio de 1920 en el centro del pueblo. Las cubiertas a dos aguas y los terrazos recuperados marcan el ritmo; el patio interior, la pausa.
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Ver proyectoLa arquitectura me llegó por todos lados a la vez.
Madre artista polaca. Padre profesor en la UPV, valenciano, de una familia con naranjos y una alquería en la Huerta Sur. En casa se respiraba arte, libros y conversaciones largas. Mi hermana y yo crecimos en esa atmósfera, y heredamos los dos esa sensibilidad por la cultura.
Estudié arquitectura y me fui a aprender. París primero, después Nápoles. Volví a Valencia y empecé colaborando con estudios de la ciudad antes de firmar ya en primera persona.
En paralelo, siempre he dibujado. Llevo años ilustrando proyectos para grandes estudios europeos: secciones, escenas, atmósferas. Es otra manera de proyectar, más lenta y más íntima, que se cuela inevitablemente en las casas que construyo.
Vivo cerca del mar y vuelvo siempre a la alquería familiar, entre los naranjos. Si construyo despacio y con pocos materiales, es porque lo mediterráneo no se entiende de otra forma.