El encargo era recuperar una antigua casa señorial del primer tercio del siglo XX, situada en una esquina del centro histórico, y convertirla en un equipamiento cultural para la villa. El edificio conservaba la planta noble, la escalera y, sobre todo, dos cubiertas a dos aguas con armaduras de madera de gran nobleza, ocultas bajo falsos techos durante décadas.
La primera intervención fue retirar. Desmontar capas, descubrir vigas, dejar que el espacio respirara hasta el caballete. A partir de ahí, el resto del proyecto se ordenó solo: salas amplias bajo la pendiente original, una circulación clara, dos accesos —uno cívico desde la calle, otro doméstico desde el patio.
Los acabados se llevaron al mínimo. Terrazo continuo en suelos —el mismo de las casas valencianas— y enfoscados claros en paramentos, todos en una misma temperatura cálida. Las carpinterías nuevas se hicieron en aluminio lacado en arena, casi imperceptibles. El único gesto cromático es el patio: una valla de pletinas de acero en verde oliva profundo que cose el conjunto con el barrio.
En el office, una pared de baldosa terracota recuerda que aquí se preparan vermús, meriendas y conversaciones largas. La obra no busca novedad; busca permanencia. Que dentro de cuarenta años parezca que siempre estuvo así.
Sala principal · Cubierta restaurada01 / 07
Sala secundaria02 / 07
Sala de reunión · Acceso al patio03 / 07
Office · Baldosa terracota04 / 07
Mirador · Vista a la montaña05 / 07
Patio interior · Acceso doméstico06 / 07
Valla · Detalle07 / 07