El proyecto parte de una vivienda existente en Rocafort, en l'Horta Nord, con la generosidad de techos altos, vigas vistas y ventanas de arco propias de la arquitectura doméstica de principios del siglo XX. La intervención respeta lo que ya estaba bien y trabaja con paciencia sobre lo demás: recuperar la planta, sumar oficios, ordenar la vida diaria.
La madera de roble cose el conjunto. Carpinterías a medida, bancos corridos bajo las ventanas, una larga isla en la cocina, una escala doméstica de armarios que ocultan la maquinaria del hogar. Cada pieza está hecha en taller, no comprada en catálogo, y eso se nota en cómo las manijas, los encuentros y las juntas piden tiempo y descansan.
El color es uno solo, repetido con paciencia: una temperatura cálida y arenosa que envuelve paredes, techos y enfoscados, y que deja brillar la materia donde merece la pena: el mármol blanco de la mesa, el azulejo pintado a mano de la cocina, la piedra cremosa de las encimeras. Las cortinas de lino abren y cierran la luz sin esfuerzo.
Los propietarios viven con arte. Móviles que dialogan con Calder, pinturas matéricas de gran formato, piezas pequeñas que aparecen sobre repisas. La casa se diseñó para hospedarlas: muros generosos, iluminación discreta, mobiliario que no compite. La butaca BKF, los pendientes cerámicos, la estufa de hierro fundido — convivencia tranquila de épocas y autores.
Cocina principal · Azulejos pintados a mano01 / 06
Office · Ventana de arco y banco corrido02 / 06
Dormitorio principal · Vigas vistas y lino03 / 06
Cocina · Móvil cinético sobre la mesa04 / 06
Salón · Butaca BKF y sofá de lino05 / 06